Creciendo

(*Respetando nuestra política de protección a los menores, he cambiado los nombres de los niños).

Hace un par de años llegó MaPa a nuestra manada. Su nombre completo es María Paz*, pero me dijo que la llamáramos MaPa. Me lo dijo con esa voz gruesa que tiene y que revela que es un poquito mayor que lo que su estatura bajita pinta. Vino con su papá que había sido Scout en su niñez y que estaba encantado de que su hija pudiera seguir el mismo camino que a él le había dado tanto.

Nota adicional: MaPa es hija única y vive con sus padres.

Con el tiempo nos dimos cuenta de que la pequeña tenía sus particularidades. Básicamente: hacía las cosas de la manera y en el momento en que ella creía convenientes. Por ejemplo ya habían terminado los 5 minutos de ir a tomar agua, pero ella recién iba en ese momento, justo cuando todos regresaban y debíamos continuar con el siguiente juego: “No tenía sed, Akela. Ahora sí tengo” – y así nomás se iba. O por ejemplo agarraba su libretita y se afanaba tomando apuntes sobre la instrucción que les estaba dando; y aunque ya había terminado la instrucción, ella seguía escribe que te escribe. Y era imposible hacerle entender que ya no era el momento de escribir: tenía que terminar lo suyo, luego ir hasta su mochilita, guardar la libreta, y recién reintegrarse a la manada.

Algunos pensarán: “Te faltó muñeca para controlarla”. Pero la verdad es que tendrían que haber estado en mi lugar. MaPa no es una niña común. Es difícil definirla y más difícil tenerla completamente bajo control.

¡El primer acantonamiento fue todo un suceso! Me senté un ratito en el bus a su lado: estaba entusiasmadísima con la idea de dormir en la carpa, en su sleeping – regalo de su “papito” …. y de repente se acordó de que tenía papito y mamita, y comenzó la cantaleta: “Akela quiero ir con mis papitos. No quiero ir al acantonamiento. Quiero mi casa. Quiero ir a mi casa con mis papitos”. ¿Notaron el detalle? Estábamos en el BUS de ida al campo!!! Ni siquiera habíamos llegado y ya quería regresar.

Cuando estábamos en el sitio, se distrajo un poco con el “rancho frío”, pero poco después, retomó su letanía: “Extraño a mis papitos. Llámalos Akela. Quiero ir a mi casita”. Entre los otros Viejos Lobos y las 2 mamás que estaban de apoyo en la cocina, tratábamos de distraerla, de hacerle reír, de olvidarse un poco de su casita…. Pero volvía una y otra vez al tema.

La verdad que era desconcertante para mí, pues nunca me había pasado algo similar. En un momento me aparté y llamé a la mamá para contarle lo que estaba sucediendo, que su hija estaba sufriendo por la distancia, que tal vez era muy pequeña aún para salir lejos, etc. etc. Pero me di con la sorpresa de que la mamá me dijo que no me preocupara, que ya se calmaría, que ya había viajado antes con el colegio y que nunca había sido un problema, que no le pasara el teléfono, etc.

Creo que fue en ese fin de semana que MaPa hizo su Promesa con otros niños más. Como es costumbre en nuestro grupo, invitamos a los papás para que ellos participaran activamente en la ceremonia. Y claro, yo tenía la preocupación de que cuando vinieran los papitos de MaPa, a la niña podía entrarle la angustia / nostalgia / crisis de querer irse con ellos. Y como no es normal que los chicos se vayan en plena actividad, iba a ser todo un tema… hmm…

Bueno. Vinieron los papás de los chicos que hicieron su Promesa. Y luego de la linda ceremonia, tal como imaginé, MaPa quiso irse con sus papás. Ya no quería nada más que irse. Así que luego de deliberar brevemente con los Viejos Lobos, acordamos con los papás que estaba bien, que se la llevaran. Y que en el próximo acantonamiento posiblemente estaría más madura.

Pasaron varios meses y llegó otro acantonamiento. MaPa estaba contenta, pero yo pensaba: “no cantemos victoria”. Y bueno, tal como lo sospeché, otra vez comenzó su cantaleta de que quería irse a su casita, con sus papitos, etc. etc. Le pregunté qué tanto extrañaba de su casita y, por lo que contó, saqué que lo que más quería era ver la tele. Bueno. Esta vez logramos convencerla de que se quedara tranquila, gozó de la fogata, etc. De vez en cuando volvía a comenzar, pero ya. Se cansó y se durmió. No hizo problemas al día siguiente, porque – claro – ya volvería a su casa.

Contrario a lo que podrían pensar, MaPa siguió en nuestra manada. Casi nunca faltaba a las reuniones. A veces seguía desobedeciendo, pero se acercaba al final, por decisión propia, y me decía con esa seriedad que la caracterizaba: “Perdón Akela. Me he portado mal”. En otra oportunidad llegó con una tarjetita que había pintado para mí, en la que decía lo mucho que me quería. Sí pues. Como decimos aquí: MaPa me sacaba canas verdes, pero no dejaba de sentir cariño por ella, así como por todos nuestros lobatos y lobeznas.

Ahora bien, no todas las lobeznas tienen la paciencia de Akela. Así que hubo ocasiones en que algunas chicas se molestaron con MaPa por sus actitudes, y al final la apartaban (o ella se apartaba?) y siempre la culpa era de la otra.

Llegó un acantonamiento más. MaPa me dijo: “Ya estoy grande Akela. Ya no voy a estar extrañando mi casa”. Ver para creer. Era el acantonamiento donde nos habíamos ido a una isla Maorí… todos teníamos unos lindos collares de flores (de papel)… había figuras maoríes colgadas en los árboles…. e inclusive habíamos aprendido a cantar nuestro “Haka”, ese canto tribal para darse valor y amedrentar al rival. El Haka comenzaba con las palabras:

“Ká mate Ká mate …. Ka ora, ka ora …. ká mate ká mate…. ka ora, ka ora…”

Así que cuando nuestra MaPa comenzaba a rondar por donde estaban las mamás de la cocina, y ya mostraba sus signos de ansiedad, las señoras la llamaban para cantarle:

“Cálmate cálmate…. ahora ahora…. cálmate cálmate …. ahora ahora….”

y así entre risa y risa, se iba disipando esa angustia.

Casi a fines del año pasado MaPa cumplió 11 años. ¡No podía creerlo! Seguía con algunas manías propias (como hacer las cosas a su manera y en sus tiempos) y ahora tendría que pasar a la tropa – donde los jefes no son tan pacientes como los Viejos Lobos… y donde el Guía de Patrulla es el primero en sacudirte para que te dejes de tonterías. ¿Aguantaría nuestra MaPa?

En enero del 2020 todavía pudimos hacer nuestra primera y última salida al aire libre del año (antes de que empezara la pandemia). El valle de Topará fue escenario para una nueva edición del Campamento de Supervivencia para los scouts más grandes, caminantes y rovers ; y mientras ellos caminaban interminablemente por los cerros y chacras, nosotros nos quedamos con los lobatos y lobeznas en nuestro campo: la Academia Jedi del planeta Coruscant, donde ellos eran Padawans (aprendices de Jedi). (Nota: hay que ser fan de Star Wars para entender esto).

La razón de ser del acantonamiento era el pase a la tropa de nuestros 8 lobatos mayores – entre ellos, MaPa. El sábado en la tarde, mientras que los más pequeños estaban en un taller haciendo su portalápices de R2D2 (pronúnciase comúnmente “Arturito”) , los 8 futuros Jedis tenían que alistar sus mochilas para dejarlas en un lugar cercano de donde sería el pase. 7 de ellos estaban listos, pero MaPa seguía buscando la gorra que se le había perdido, por lo cual aún no había metido varias cosas a la mochila. (Aparte que el sleeping gigantesco de siempre, no cabía en su bolsa). En fin. Cuando vio que los pequeños regresaban con sus portalápices ya terminados, comenzó su cantaleta de que ella también quería hacer uno…. Ahí sí me puse firme y le dije que podía hacerlo en casa, pues ya estábamos tarde para irnos al pase.

Bueno. La ceremonia fue la más emotiva de todas las que hemos tenido en nuestros 6 años de existencia como Grupo Scout. Bastó que un lobato de los menores comenzara a sollozar, para que todos los demás se contagiasen mientras cantábamos “Te vas de la manada”. Ni siquiera el chiste de que los Viejos Lobos estábamos vestidos con túnicas Jedis lograba consolarlos (es más: hasta a nosotros se nos hizo un nudo en la garganta al presenciar el drama). No voy a contar cómo fue el pase, porque tal vez algún lobato esté leyendo este blog! Así que prefiero mantener el misterio por ahora.

Pero volvamos a MaPa. Los Jefes de Tropa ya tenían algunas referencias de cada lobato / lobezna que estaba pasando. Ya sabían de qué pie cojeaban, o en qué eran muy buenos….. Mi esposo, Stefan, que es el Jefe de Tropa, me decía: “A MaPa la vamos a tener bien controladita. Vas a ver! Aquí en la tropa, nada de caprichos.” Ja-ja…. ya veremos….

Terminado el pase, regresamos con los lobatos menores a nuestras actividades (nos agarró una lluvia tremenda!)…. y los Scouts cambiaron de planes, pues por la misma lluvia era peligroso intentar subir el cerro, en cuya cumbre dormirían a la intemperie. Stefan se llevó a los Rovers, Caminantes, Scouts mayores y a nuestros 8 ex lobatos hasta un canchón, donde dormirían en fila larga, uno al lado del otro (bajo techo, claro). Después de cenar, habían de asearse y prepararse para descansar. Bueno. Ya todos estaban por meterse al sleeping, cuando MaPa llama a Stefan:

-Quiero ir al baño.

-¿No has ido hace un rato con los demás?

-Es que no tenía ganas. Ahora sí.

Y ya casi todos estaban acostados… felizmente por ahí había una rover y ella acompañó a MaPa al baño (había que caminar un buen trecho para ir y volver… y estaba oscura la noche). Cuando regresaron, Stefan le indicó que se durmiera.

-Pero no me he puesto mi pijama.

-Está bien. Vístete adentro de tu sleeping.

-Pero no voy a poder!

-Todos pueden. Métete al sleeping y cámbiate adentro.

Refunfuñando, se dirigió a su sleeping y – luego de pisar a varios chicos que dormían en la larga fila que mencioné antes – se zambulló dentro para intentar cambiarse con la privacidad respectiva. Y finalmente se durmió.

Al día siguiente…

-Stefan! No encuentro mi linterna. Tengo que encontrar mi linterna.

Daba la casualidad que Stefan había perdido una llavecita y por eso retornó al canchón donde habían dormido, pero no encontró ni llavecita ni linterna. Como MaPa seguía obsesionada con la bendita linterna, nuestro Jefe de Grupo fue con ella a buscarla…. y nada! Stefan le explicó que en adelante fuera más cuidadosa, y que no era la única que había perdido algo, y que a todos nos ha pasado alguna vez (como a él le pasaba con la llavecita), etc. etc.

Cuando más tarde dejé por unos minutos el campamento de la manada y pasé por donde estaban los “grandes”, me dio gusto ver a los ex lobatos bien integrados en sus patrullas… unos exprimiendo naranjas… otros jugando en el agua… otros comiendo….

MaPa, que estaba aparte (seguro soñando con su linterna) vino corriendo a mí: “Akela! Tengo que contarte que….” En ese momento le interrumpí y le dije: “MaPa: de ahora en adelante, todo lo que quieras decir…. habla con tu Jefe de Tropa”. Pobre! Noté la desilusión en sus ojos, porque vio que ya no podía contar con Akela para buscar la linterna famosa.

Lo simpático fue que más tarde, cuando volvíamos en el bus, me dijo: “Sabes Akela? Perdí mi linterna. Pero eso pasa. A todos se nos ha perdido algo, alguna vez. Voy a ser más cuidadosa la próxima”.

¿Por qué he querido contar tantas cosas de MaPa durante su vida en la manada?

Porque hace un par de semanas pasó algo impresionante en el Campamento Virtual de la tropa. En vista de que mi hijo menor también está ahí, me permitieron participar como madre de familia en la “fogata virtual”. Ahí cada Scout que quería, podía demostrar un talento. Salió primero un chico armando velozmente una pirámide (de ésas tipo Rubik). Después mi hijo hizo lo propio armando otro puzzle del estilo Rubik, pero con los ojos vendados y las manos por detrás de su cabeza. Oooh…. los chicos estaban entusiasmados, aplaudían…. En eso le tocó el turno a MaPa.

-Mapa: ¿Qué vas a hacer? – preguntó Stefan

-Voy a cantar.

Todos los chicos aplaudieron. Yo estaba sorprendida! MaPa iba a cantar! Me dejaría sorprender…. Cuando estaba a punto de comenzar, se retractó:

-No puedo! Qué vergüenza!

-MaPa! Tú puedes! Canta! – la animaron los chicos.

-Bueno ya. Voy a cantar……….. no….. mejor no!

-MaPa! Dale! Canta! – la animaron de nuevo

-No sé… es que…. de repente…. No, mejor no. Mejor otra persona.

Entonces se oyó la voz de la Akela, con esa autoridad que MaPa conocía, (pero a la que muchas veces desobedecía) :

-MaPa : TÚ PUEDES. LO VAS A HACER BIEN.

Y entonces…. comenzó a cantar. No sé qué canción moderna era , una especie de balada con su parte raperita….. Al comienzo cantaba con temor, pero poco a poco agarró confianza— y entonación… y fuerza…. y seguridad. Yo la veía cómo cantaba, y recordaba a la pequeñita que había llegado a la manada, tan difícil ella …. Y ahí estaba, demostrando a sus compañeros que ella también podía hacer las cosas si se lo proponía.

No puedo describir mi orgullo en ese momento. Inclusive se me salieron un par de lagrimitas de la emoción. Cuando terminó, he aplaudido fortísimo, al igual que sus compañeros. Y verla sonreír de satisfacción era el mayor premio.

Así como MaPa tengo a Miguel*, otro lobato bajito de estatura, que cuando entró en el 2018 no quería saber nada de nosotros. Se rehusaba a jugar o por momentos entraba y después no participaba. A veces empujaba a otros chicos a propósito y lo único que quería era que terminase la reunión. Hablamos con la mamá (ya que el requisito más importante es que el niño venga por su propia voluntad), pero ella insistió en que nos quedáramos con su “Miki”. Bueno. Lo primero que hicimos fue comenzar a llamarlo como hacía su mamá, “Miki”, para ver si lográbamos algo de cercanía; su gesto hosco durante varias reuniones nos hizo pensar que los intentos eran vanos. Pero después nos dimos cuenta de que así era su rostro y no podíamos cambiarlo. De manera que nos armamos de paciencia y continuamos trabajando con Miki .

Hace algunas semanas Stefan me preguntó si tendría algunos lobatos para pasarle pronto a la tropa. Entonces descubrí que en unos meses Miki cumpliría 11 años… y no lo veía muy listo que digamos, a pesar de que su comportamiento hacia nosotros había mejorado considerablemente, cosa que noté cuando en las reuniones virtuales (que han reemplazado a las presenciales debido a la pandemia), Miki me escribía por interno para saludar, o para disculparse por haber ingresado tarde, o para contarme lo que había comido el día anterior, etc.

El sábado último la manada se dividió en 3 pequeños grupos de trabajo: todos habían recibido una misión y debían resolverla en equipo. Aleatoriamente fui asignada al grupo donde estaba Miki… Mi tarea era simplemente observar lo que pasaba o de repente darles un empujoncito si es que no lograban empezar. Pero me di con la gran sorpresa de que fue Miki quien tomó la batuta y comenzó a dirigir a los otros chicos. Fue un momento tan grato como el que viví con el canto de MaPa algunas semanas atrás.

Ocasiones como éstas nos confirman una vez más nuestra labor tan importante de formar chicos, de ayudarles a fortalecer su carácter, a enfrentar sus temores, a ser buenos compañeros, a crecer en su autoestima, a potenciar su liderazgo, su capacidad de organizarse…

Los dirigentes Scouts somos voluntarios. No nos pagan por las “dos horitas” que dedicamos al movimiento (ni por las mil horas semanales que nunca se contabilizan). Pero el ver crecer a nuestros chicos de esta manera, es nuestra mejor recompensa.

¡Buena Caza, Miki! y ¡Siempre Listos, MaPa!

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